Z despierta y se pone su único traje para una entrevista de trabajo.
Le cuesta quitarle el polvo a los zapatos.
Los pantalones le llegan a la mitad de los tobillos; el saco tiene marcas brillantes a la altura de los codos. A la camisa le falta un botón.
No hay corbata.
Z pierde la mitad de la confianza que tiene en si mismo. No ayuda a la autoestima sentir que se va vestido como Bart Simpson cuando lo obligan a ir a la iglesia.
Z se da cuenta de que jamás lo van a contratar vestido así.
De todas formas toma un taxi, espera en una sala durante treinta y ocho minutos, acepta café de una recepcionista, responde preguntas absurdas en una oficina con calendario de Paulo Cohelo y todo ello poniendo su mejor cara de ‘soy el hombre para el puesto’.
Se va a casa con la promesa de una llamada que él sabe, no tendrá lugar.
Ya con pantalón de mezclilla y tenis, Z piensa que tiene que incluir un traje en su lista de prioridades: setecientos treinta y cuatro puestos abajo de cigarros, pero dos arriba de ganchitos para el cortinero.















