epígrafe

Jesús es la respuesta
siempre y cuando
la pregunta no sea
cuál es el peso atómico del cadmio.

–Ángel Ortuño.

9 de noviembre de 2010

Despertar 35




Z despierta en medio de la madrugada empapado en sudor. Siente como un dolor de agujas late en la mitad de su cara, se abre paso hasta el ojo y se ramifica hacia el oído.
Z ha estado en esta situación por lo menos cien veces desde que era niño. Se mete los dedos a la boca y empuja una muela. La imagina como una astilla de hueso clavada en la encía. El dolor se vuelve más agudo y se extiende por el pómulo. Z sigue presionando, no sabe por qué lo hace.
Forma una pinza con los dedos y jala la pieza hacia abajo como si tratara de desprenderla.
No deja de jalar hasta que siente que los ojos le escuecen y se da cuenta de que le escurren lágrimas hasta la barbilla.
Se levanta aturdido, busca analgésicos en el botiquín y se traga dos pastillas sin agua. Permanece de pie junto a la puerta de la cocina esperando a que el dolor se apague.
Apoya la mejilla contra el borde frío de la pared hasta que este se entibia. El dolor no disminuye.
Z hurga en la alacena hasta que encuentra una botella de bacardí blanco.
Va al baño con el ron y hace buches hasta que la boca le quema y se adormece. Cuando escupe, la consistencia del licor es espesa y brilla como barniz sobre la porcelana del lavabo. El dolor vuelve a los pocos segundos y Z repite la operación. No está tratando de apagar el dolor, sólo de comprar tiempo hasta el amanecer para concertar una cita con el dentista. Calcula que la botella le puede durar una hora y media, y mientras tanto pone agua en las hieleras para cuando no quede más alcohol.
Después de un rato de estar escupiendo en el baño, mira el reloj y sonríe. Sólo faltan cinco horas.

1 comentario:

  1. Mi madre, qué paciecia...!

    Yo creo que lo de manipular un diente que nos duele es puro instinto, todos lo hacemos por más que nos duela.

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