epígrafe

Jesús es la respuesta
siempre y cuando
la pregunta no sea
cuál es el peso atómico del cadmio.

–Ángel Ortuño.

28 de abril de 2009

If humanity becomes inoperable please remain calm



En la ciudad de los tapabocas reina el miedo, huele a gel anti-bacterial.

La gente contiene la respiración en los elevadores y toser frente a alguien es como mostrarle un arma.

Afuera, los revendedores piden hasta cincuenta pesos por las mascarillas de gasa azul, la gente dice así-de-lejitos cuando le extiendes la mano y según los periódicos, las telenovelas han reducido las escenas de besos para prevenir contagios.

Este es el fin del mundo más aburrido del mundo.

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-¿Por qué siempre sales a tocar con ese sueter gris?

-Me gusta como me veo.

-Te ves ridículo.

-Lo sé.

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Por disposición oficial la ciudad está en pausa. Fotografío con el celular todos los letreros en los locales cerrados, a las hordas de enmascarados que abordan el metrobús. Colecciono folletos de la Secretaría de Salud. Mi curiosidad raya en el morbo.

Pienso en La peste de Camus y me vendo la idea de que esto es parecido. 

Si mañana dicen que todo está controlado, no sé cómo volveré a mi vida.

26 de abril de 2009

Apocalipsis de bolsillo



La primera mañana teníamos los ojos puestos en la pesadilla del cielo
en el tránsito de las manecillas.
Los hombres con tapabocas azules miraban temerosos por encima del hombro y en todas las letras había algo que no se dejaba escribir.
Afuera estaba el periódico (postal del miedo) recargado contra la puerta.
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A dios no le gustan los efectos especiales. No hay zombies corriendo por las calles ni la niebla morada que voltea a la gente al revés. No hay máquinas que vienen del futuro para decir come with me if you want to live.
Dios no ve televisión.
Moriremos de gripa y de aburrimiento.
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Paso horas mirando por la ventana que da al pasillo del edificio.
Angélica me pregunta qué hago. Estoy viendo el fin del mundo. Digo.
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Camino los cinco kilómetros hasta la casa de Jorge. Hace dos meses que no hay transporte público.
Me recibe en la puerta y me abraza cuando me ve.
Subimos al distribuidor vial y vemos la ciudad vacía. Prendemos cigarros y la fiebre nos acaricia la cabeza, se nos asoma en el aliento acre y tibio. Mi garganta emite un silbido desagradable cuando respiro. Con un hilo de voz, Jorge repite la frase de Watchmen que me dijo el día que lo conocí: Never compromise, not even in the face of armaggedon.
Encima de los edificios, el sol que es el ojo de dios nos mira sin parpadear.