
En las televisiones de plasma del departamento de electrónica, hay una escena de Crepúsculo donde uno de los vampiros muerde a una mujer.
Junto a mí, una señora de unos setenta años mira la pantalla fascinada.
Cuando el vampiro termina de alimentarse y se retira, la cámara hace un close up a la cara de la mujer, los párpados cerrados se abren de golpe y las pupilas, ahora moradas, emulan las de un gato.
La señora voltea a verme. –Los vampiros no existen –dice–, pero si existieran, no habría narcos.
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Actualización de la serie Malcolm in the middle al 2015:
Jamie pasa todo el día en internet viendo pornografía.
Dewey tiene el aspecto en general de haber salido de una clínica de rehabilitación o de necesitar una con urgencia. Despacha más de dos cajetillas diarias, vive en Los Angeles.
Le tiene temor reverencial a los hornos de microondas, se emborracha noche tras noche delante del piano sin pulsar una sola tecla.
No ha podido componer algo decente en dos años.
Malcolm fue uno de los pilares de una compañía farmacéutica importante hasta que se enamoró de una mujer y defraudó a la empresa por más de medio millón de dolares. Fue descubierto, pasó 6 meses en una correccional y ahora trabaja cómo gerente en un bar de karaoke en Dakota del sur.
Para asistir al cumpleaños de su madre, Malcolm ha violado su libertad condicional durante tres años consecutivos.
Reese se ha casado y divorciado varias veces, es asesor vocacional de la misma preparatoria en que estudió con sus hermanos. Es pasivo agresivo con sus superiores y colegas, y siempre que tiene oportunidad, trata de persuadir a los estudiantes para que abandonen la escuela y suban al primer barco que vaya a Asia. Sigue pensando (aunque morirá antes de admitirlo) que las nubes son “gatitos del cielo”.
Francis sigue casado y se dedica a importar electrodomésticos de manufactura china.
A veces se despierta en mitad de la madrugada convencido de que está teniendo un infarto y tarda quince segundos (los más largos del mundo) en convencerse de que no pasa nada.
Hall duerme en el sillón de la sala con la televisión encendida. Lois y él no se han hablado en años. Ella usa lo que le queda de energía para hacerle a Jamie la vida imposible y él se desliza en silencio por los días que se suceden idénticos desde que se retiró. Cuando despierta, mira una mancha de humedad en el techo durante horas e imagina que así se ve el rostro de dios.
Por las mañanas, Lois pone el radio a prueba de agua que Francis le envió en navidad, escucha canciones de los sesenta.
Cuando termina de bañarse, cierra el agua caliente y deja que el chorro helado se estrelle contra su cuerpo hasta que se le entumen los dedos de los pies.
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La mujer de las medias negras termina de bailar y vuelve a ponerse la tanga. Baja de la pista y camina hacia nuestra mesa. –¿Me invitas una copa? Niego. No traigo dinero. Ella toma una de mis rastas y se la pone entre los pechos.
–Me llamo Nirvana –dice y se sienta en mis piernas–, pero no por la banda, sino por el vudú.
Sonrío y le digo que pida lo que quiera.
